Miles de personas llegan cada año hasta una loma de El Hoyo para recorrer el Laberinto Patagonia. Algunos buscan una actividad diferente para compartir en familia. Otros quieren poner a prueba su sentido de la orientación. Muchos simplemente sienten curiosidad por conocer el laberinto más grande de Sudamérica.
Pero detrás de los más de 2.200 metros de senderos existe una historia mucho más profunda.
Una historia que habla de decisiones, búsquedas, caminos repetidos y de esa extraña costumbre humana de creer que siempre existe una única dirección correcta.
“Hay gente que va directo al centro y no llega a nada”, reflexiona Doris García Romera, creadora del Laberinto Patagonia.
La frase sorprende. Porque contradice una idea bastante instalada: la de que avanzar consiste siempre en ir más rápido, más directo y sin desviarse.

Indice
Un proyecto que tardó casi veinte años en hacerse realidad
La historia comenzó mucho antes de que el público pudiera recorrer sus senderos.
La idea nació en 1992 y las primeras plantaciones se realizaron en 1996. Sin embargo, recién en 2013 el proyecto abrió sus puertas.
Durante todo ese tiempo, Doris y Claudio trabajaron en el diseño de una estructura donde nada quedó librado al azar.
Cada sendero. Cada puerta. Cada espacio. Todo forma parte de una propuesta que busca ir más allá de un simple recorrido turístico.
“Cada puerta tiene un juego, una forma de estar”, explica.
Al avanzar por el laberinto, los visitantes atraviesan distintos sectores pensados como etapas de un proceso.

Los caminos que nadie elige
Con los años, Doris comenzó a observar algo que se repetía entre los visitantes. La mayoría suele elegir los caminos más evidentes. Los más amplios. Los más visibles. Los que parecen conducir más rápido hacia el objetivo. Los que elige la mayoría.
Sin embargo, muchas veces esos caminos no son los que llevan a la salida.
“A veces los caminos laterales nos llevan más rápido. A veces son los que nadie elige.”
La observación parece referirse al laberinto. Pero también a muchas situaciones cotidianas. A las decisiones que tomamos. A los proyectos que iniciamos. A las oportunidades que descartamos porque no coinciden con lo que esperan los demás. A esos caminos menos transitados que suelen generar incertidumbre, pero que terminan acercándonos a aquello que realmente buscamos.

La plaza donde hay que detenerse y decidir
Uno de los espacios centrales del recorrido es una plaza. Un lugar pensado para detenerse. Para observar. Para elegir. Para preguntarse hacia dónde continuar.
“Hay gente que llega ahí y se cuestiona a dónde quiere ir”, cuenta Doris.
Quizás por eso, aunque miles de personas recorren exactamente la misma estructura, ninguna experiencia resulta igual a otra. Cada visitante observa cosas distintas. Cada uno duda en lugares diferentes. Cada uno encuentra significados propios.

El centro que no todos encuentran
Después de atravesar distintas puertas aparece otro de los espacios más significativos del diseño. Una pérgola que representa simbólicamente un lugar asociado a la sabiduría.
Lo llamativo es que puede completarse todo el recorrido sin llegar allí.Y esa posibilidad fue deliberadamente incorporada al diseño.
“Hay personas que hacen todo el recorrido y nunca pasan por ese lugar. Es como vivir.”
La comparación vuelve a aparecer.
Podemos alcanzar objetivos. Construir proyectos. Cumplir metas. Y aun así nunca detenernos a preguntarnos qué significado tienen para nosotros.

El recorrido puede completarse sin atravesar este espacio asociado simbólicamente a la sabiduría | Foto: Nano Robledo @robledonano
Cuando el laberinto comenzó a tener vida propia
Para Doris, una de las etapas más sorprendentes comenzó después de la inauguración.
Durante años el proyecto existió en dibujos, conversaciones y planos. Luego se convirtió en una construcción real. Pero todavía faltaba una dimensión. La de quienes lo recorren.
“Cuando la gente empezó a venir fue más mágico todavía. Está la dimensión del otro, la respuesta del otro.”
Cada visitante aporta una mirada distinta. Una emoción. Una interpretación inesperada. Y eso continúa transformando el proyecto incluso hoy.

“El laberinto toma la forma de quien lo transita”
Existe una idea que Doris repite con frecuencia. Una especie de ley no escrita.
“El laberinto toma la forma de quien lo transita.”
Por eso dos personas pueden recorrer exactamente los mismos senderos y vivir experiencias completamente distintas. Porque el viaje no ocurre solamente entre los cercos vivos. También ocurre dentro de cada uno.
Quizás esa sea una de las razones por las que el Laberinto Patagonia sigue despertando interés más de una década después de abrir sus puertas.
No solamente por sus dimensiones. Ni por ocupar un lugar privilegiado entre los mayores laberintos del mundo. Sino porque propone algo cada vez más escaso. Detenerse. Elegir. Perderse un poco.
Y descubrir que, muchas veces, los caminos menos evidentes terminan siendo los más interesantes.
Una experiencia para vivir en la Comarca Andina
Además del recorrido por el laberinto, el predio ofrece espacios gastronómicos, producción regional de sidra, galería de arte y diferentes propuestas que invitan a pasar el día completo en el lugar.
¿Dónde está el Laberinto Patagonia?
Se encuentra en El Hoyo, provincia de Chubut, sobre el camino a El Desemboque, a unos 4 kilómetros del centro de la localidad.
Durante la temporada invernal 2026 volverá a abrir sus puertas a partir del 9 de julio.

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Foto de portada: Nano Robledo @robledonano

